lunes, 26 de noviembre de 2007

Mi nueva bicicleta

Mariana decidió vender su bicicleta. Su hija ya no la ocupaba; se oxidaba en el patio; necesitaba algo de dinero para las vacaciones.

Vi el aviso de la venta en una página de internet que ofrece todo de segunda mano. La foto de la bicicleta, sus características; el precio finalmente me convenció.

Tomé el teléfono y pregunté por la venta de la bicicleta. Mariana se presentó y me explicó que mucha gente llamaba a su casa manifestando interés por la compra; no podía asegurar que mis ganas fueran satisfechas; solamente llegar a su casa y pasarle el dinero garantizaría que la bicicleta fuese mía. ‘Está bien. ¿te parece si este sábado al mediodía voy a tu casa?’ ‘Listo. Mi dirección es ***. Mira, si alguien llama y viene a buscar la bicicleta, me comunico a tu casa así no haces el viaje hasta acá.’ ‘Bueno, esperemos que no pase, ja ja, gracias. Nos vemos’.

El sábado antes del mediodía voy a la estación. Por suerte el tren que sale cerca de mi casa es el medio que más me acerca a la casa de Mariana. Mientras viajo, pienso. ¿Mi intuición será probada?

Llego a la casa, toco el timbre y aparece una persona que se presenta como Mariana. Claro, yo también para ella me presento como Antonio, ¿seremos? Entro a su casa, hablamos un par de cosas nerviosas, típicas del protocolo de compra – venta. Me contó de las ventajas de vivir cerca del tren, le conté lo agradable que estaba del clima y ella me contestó sobre el precio de las lechugas. Muy interesante todo, pero ya era hora de irme.

Me acerco a la bicicleta; observo su estructura buscando algún daño; veo los óxidos, sus pedales, sus piñones, los rayos, el volante, las llantas y sus ruedas. Todo parece en su lugar; sin embargo es necesario realizar una prueba fundamental antes de llevármela: ‘Mariana, ¿le molesta si la pruebo antes de llevármela? Ahí, doy una vuelta por su calle y le digo’. Mariana me mira; entiendo todo. ¿Cómo comprar una bicicleta sin subirse a ella y pasear aunque sea una cuadra? ¿Cómo dejar que un extraño tome mi bicicleta y le permita dar un pequeño paseo por mi cuadra sin suponer que tal vez los límites de mi cuadra se encuentran más lejos que las fronteras que observo día a día?

‘Ja ja; dale, eso sí déjame tu documento’. ‘¿Mariana? Si quiere le dejo mis llaves, mi mochila, lo que quiera. Entienda que no puedo comprar una bicicleta sin haberme subido a ella.’ ‘Ja ja. Entiendo. No me dejes ni tu mochila ni tus llaves, pásame tu documento.’ Abrí los ojos y me cambié de lugar. Una mujer sola en su casa, con la computadora en el living, con una bicicleta en venta, con una transacción de por medio equivalente a US$***, quién sabe con cuántas cosas más. ¿Una mujer sola? ¿Estaría sola o habría alguien escondido/a en las habitaciones dispuesto/a a saltar como un/a león/a ante cualquier problema que surgiera por mi visita? Y en ese momento, tan rápido como este segundo, observé que sobre la silla orientada hacia la computadora que estaba en el living un bastón modelo policial estaba estratégicamente apoyado para que sólo la mano de Mariana le diera alcance en caso de quién sabe qué cosa yo pudiese hacer. ¿Robarte? ¿Golpearte? ¿Violarte?

‘Bueno, aquí tienes mi documento, ¿puedo ahora?’. ‘Claro, pasea lo que quieras, yo te espero’. Agarré la bicicleta, abrí la puerta e hice lo que dije iba a hacer: un breve paseo por la cuadra. Funciona bien pensé. Pasé donde Mariana, le dije que estaba todo bien, le pagué el dinero acordado, tomé mis cosas, nos despedimos y regresé a mi casa en tren, vigilando que nadie se acercara a mi nueva compra; pensando en llegar a la estación y pasar directamente por la bicicletería a inflar las ruedas y comprar las cadenas que me permitan amarrar mi bicicleta cada vez que la deje sola en la calle.