lunes, 4 de febrero de 2008

Amores de verano

El calor debe ser. La ropa que uno lleva. Eso de andar medio en pelotas, con las patas libres, poleras sin mangas, ‘chores’ bien cortos. No importan los horarios; da lo mismo acostarse tarde aún cuando haya que levantarse temprano. Tampoco tenemos ‘cañas’ (resacas) o son más dóciles que en otros momentos. Uno está contento.
Pienso que uno contento está más sensible a recibir más alegrías y de atraerlas hacia uno. Tal vez por eso cuando uno está de vacaciones, más en verano (¿puede ser?), nos pasa que nos enamoramos. Enamoramos y nos enamoran. Conocemos a alguien; nos reímos con esa persona; hablas como si nunca hubieses hablado con nadie sobre nada; no importa nada y quedan todos nuestros prejuicios fuera de ubicación. Tenemos pequeñas cosas que nos quedan; ¡si hasta canciones nos quedamos!. Tiene música cuando nos pasa. Es un rayo que hace ZAS!; cambias hasta la forma de mirar, de dormir y comer.
Donde vas comentas a tus amigos y amigas que conociste a alguien. Es que en las vacaciones (seguimos en el verano en todo caso) uno se traslada mucho más que cuando trabajamos. Recorremos ciudades, lugares, campos, mares, ríos, montañas. Entonces ‘la’ persona se nos va quedando atrás en el lugar donde ‘la’ conocimos. Con ella nuestras historias, nuestras comidas, nuestras ‘habladas’, nuestras dormidas. Queremos traer a la persona todo el tiempo para que pueda seguir el camino donde estamos. Por eso escuchamos todo el tiempo 'la canción del verano' y le contamos a todos de nuestro cuento. Para que las caras tengan palabras y las palabras adquieran sentido para no extrañarnos, para no extrañarte.