Viernes 14 de noviembre de 1997. Estamos todos, sentados en los pastos, escapándonos del calor y de las clases rodeando unas cervezas. Nuestro tema de conversación es indiviso: luego de largos 16 años nuestro seleccionado de fútbol podría volver a jugar un Mundial en caso de que el domingo ganemos el último partido de la serie clasificatoria. 
Ignacio, Cristián, Severino, Leonel, Romualdo, Feliciano (el gordo) y yo, no parábamos de hablar, de pensar en el partido, de quién serían los goles. Más de algún soñador ya se veía embarcando rumbo a Europa para ver al equipo el día de su debut en el Mundial. Aquella tarde, como tantas otras, terminamos borrachos jugando fútbol y haciendo todos los goles que nuestro seleccionado requeriría para volver al escenario internacional.
El sábado 15 fue tan insignificante que nada de él recuerdo. Sólo quería que llegase el domingo. “Nuestro” día D.
El domingo temprano nos juntamos en la casa de Feliciano (el rubio); por suerte su casa quedaba cerca de la mía. Un gran asado nos esperaba. Comenzaron a llegar todos, los mismos del viernes y tantos otros. Algunos no fueron por cábala o porque querían presenciar el gran momento junto a sus familias o, tal vez, en la soledad más victoriosa. Para nosotros, la casa de Feliciano era una especie de amuleto, no recuerdo a nuestro seleccionado obteniendo malos resultados cada vez que vimos un partido allí.
El grupo estaba expectante; las botellas de cerveza y de pisco comenzaron a girar entre nosotros; alguien encendió un cohete; todo era alegría, todo era esperanza. Sólo “uno” no estaba presente: Severino; el único de los amigo que ese día fue al estadio; el único de los amigos que ese día….
1, 2 ,3 fueron nuestros goles; no entendíamos nada; lo entendíamos todo: el año siguiente jugaríamos el Mundial de Fútbol; “jugaríamos”, no lo veríamos. Todo era euforia, la gente en las calles agitaba banderas; destapaban champañas; alguien trajo un auto y comenzamos el desfile. Todos los amigos hicimos un periplo por la ciudad tocando bocinas, parando en una y cada una de las botillerías que encontrábamos a nuestro paso; estábamos felices, todos estábamos felices.
Nos comunicamos con aquellos que no habían ido a la casa de Feliciano. Acordamos reunirnos en la plaza de siempre cerca de las 21 horas. Ya llevábamos cerca de 8 horas jugando aquel partido; nuestros seleccionados sólo habían jugado 90 minutos de aquellas horas.
Llegaron todos. No parábamos de abrazarnos, cada uno hablando de lo que creía pertinente para aquella situación de fiesta. Sólo uno de nosotros, eso sí, acaparaba nuestra atención, el único que había sido testigo presencial del triunfo.
Severino estaba rojo; todo el día expuesto al sol de aquella tarde primaveral lo tenían convertido en un tomate. Ya desde las 9 de la mañana estaba en función del partido; cerca del mediodía estuvo en el estadio; esperó sentado en las gradas bajo los rayos solares cerca de 5 horas; el partido, los goles; más horas encerrado festejando hasta que nos encontramos. No paraba de hablar; parecía que teníamos presente al relator deportivo más arrebatado de todos, pero acelerado por 100. Todos estábamos borrachos.

El día, la extenuante jornada previa a un día laboral, hizo que muchos y muchas de las personas presentes comenzaran a retirarse del lugar. Sólo quedamos Romualdo, Ignacio, Severino y yo. Cruzamos la vereda y entramos a un bar. Las celebraciones sobre las mesas de Ignacio al parecer no gustaron mucho a los dueños del lugar quienes amablemente nos invitaron a retirarnos. Ya era muy tarde y el grupo original terminó transformándose en un dueto: Severino y yo.
Comenzamos a caminar, ya cerca de la 1 de la madrugada del lunes 18, por la Avenida en dirección a los bares más cercanos a la casa de Severino (vecino y habitué de la zona; ya habíamos acordado que por la lejanía de mi morada, esa noche dormiría en su casa). Entramos al único local que aun permanecía abierto, al único donde sus parroquianos seguían encumbrando la fiesta para que se hiciera eterna y nos escucharan en todo el mundo: ¡Vamos al Mundial!
2 de la mañana y el bar las “Alergias de la Espada” explotaba. Severino, eso sí, duerme apoyado en una mesa; el día entero expuesto al sol, las vivencias del partido, los litros de cerveza y pisco, junto a las más de 50 veces que esa noche cantó y bailó la canción “Torero” de los “Maravillosos Pontiacs”, lo habían terminado por tumbar. Duerme placentero mientras yo sigo prendido a la fiesta. Hasta que….
Cerca de 20 policías ingresan al lugar. Alguna gente corre, otra queda estupefacta y otros siguen bailando. La fuerza represiva comienza a detener a bailarines, borrachines, hinchas y comensales: una redada. Miro a Severino y lo despierto: “los pacos hueón, quédate tranquilo al lado mío que ya te echaron el ojo”. Nos levantamos, lo tomo del hombro y comenzamos a caminar en dirección a la puerta (la casa de mi amigo quedaba sólo a dos cuadras de aquel lugar); ya nos sentíamos libres a medio metro del umbral cuando saliendo de no sé dónde, una negra mano enguantada jala de la camisa a Severino: un policía “me lo sacó de las manos” y lo arrastró detenido.
Incrédulo ante las dos camionetas, los tres autos, el camión “celular”, las 6 motos y los vehículos civiles de apoyo que componían la comitiva represiva, miro la escena desde la vereda. Una noche de fiesta y alegría se iba yendo dentro del camión policial.
Las discusiones con aquellos sub humanos vestidos de verde fueron vanas; opté por la solución menos problemática: “¿Dónde lo llevan?”

Ignacio, Cristián, Severino, Leonel, Romualdo, Feliciano (el gordo) y yo, no parábamos de hablar, de pensar en el partido, de quién serían los goles. Más de algún soñador ya se veía embarcando rumbo a Europa para ver al equipo el día de su debut en el Mundial. Aquella tarde, como tantas otras, terminamos borrachos jugando fútbol y haciendo todos los goles que nuestro seleccionado requeriría para volver al escenario internacional.
El sábado 15 fue tan insignificante que nada de él recuerdo. Sólo quería que llegase el domingo. “Nuestro” día D.
El domingo temprano nos juntamos en la casa de Feliciano (el rubio); por suerte su casa quedaba cerca de la mía. Un gran asado nos esperaba. Comenzaron a llegar todos, los mismos del viernes y tantos otros. Algunos no fueron por cábala o porque querían presenciar el gran momento junto a sus familias o, tal vez, en la soledad más victoriosa. Para nosotros, la casa de Feliciano era una especie de amuleto, no recuerdo a nuestro seleccionado obteniendo malos resultados cada vez que vimos un partido allí.
El grupo estaba expectante; las botellas de cerveza y de pisco comenzaron a girar entre nosotros; alguien encendió un cohete; todo era alegría, todo era esperanza. Sólo “uno” no estaba presente: Severino; el único de los amigo que ese día fue al estadio; el único de los amigos que ese día….
1, 2 ,3 fueron nuestros goles; no entendíamos nada; lo entendíamos todo: el año siguiente jugaríamos el Mundial de Fútbol; “jugaríamos”, no lo veríamos. Todo era euforia, la gente en las calles agitaba banderas; destapaban champañas; alguien trajo un auto y comenzamos el desfile. Todos los amigos hicimos un periplo por la ciudad tocando bocinas, parando en una y cada una de las botillerías que encontrábamos a nuestro paso; estábamos felices, todos estábamos felices.
Nos comunicamos con aquellos que no habían ido a la casa de Feliciano. Acordamos reunirnos en la plaza de siempre cerca de las 21 horas. Ya llevábamos cerca de 8 horas jugando aquel partido; nuestros seleccionados sólo habían jugado 90 minutos de aquellas horas.
Llegaron todos. No parábamos de abrazarnos, cada uno hablando de lo que creía pertinente para aquella situación de fiesta. Sólo uno de nosotros, eso sí, acaparaba nuestra atención, el único que había sido testigo presencial del triunfo.
Severino estaba rojo; todo el día expuesto al sol de aquella tarde primaveral lo tenían convertido en un tomate. Ya desde las 9 de la mañana estaba en función del partido; cerca del mediodía estuvo en el estadio; esperó sentado en las gradas bajo los rayos solares cerca de 5 horas; el partido, los goles; más horas encerrado festejando hasta que nos encontramos. No paraba de hablar; parecía que teníamos presente al relator deportivo más arrebatado de todos, pero acelerado por 100. Todos estábamos borrachos.

El día, la extenuante jornada previa a un día laboral, hizo que muchos y muchas de las personas presentes comenzaran a retirarse del lugar. Sólo quedamos Romualdo, Ignacio, Severino y yo. Cruzamos la vereda y entramos a un bar. Las celebraciones sobre las mesas de Ignacio al parecer no gustaron mucho a los dueños del lugar quienes amablemente nos invitaron a retirarnos. Ya era muy tarde y el grupo original terminó transformándose en un dueto: Severino y yo.
Comenzamos a caminar, ya cerca de la 1 de la madrugada del lunes 18, por la Avenida en dirección a los bares más cercanos a la casa de Severino (vecino y habitué de la zona; ya habíamos acordado que por la lejanía de mi morada, esa noche dormiría en su casa). Entramos al único local que aun permanecía abierto, al único donde sus parroquianos seguían encumbrando la fiesta para que se hiciera eterna y nos escucharan en todo el mundo: ¡Vamos al Mundial!
2 de la mañana y el bar las “Alergias de la Espada” explotaba. Severino, eso sí, duerme apoyado en una mesa; el día entero expuesto al sol, las vivencias del partido, los litros de cerveza y pisco, junto a las más de 50 veces que esa noche cantó y bailó la canción “Torero” de los “Maravillosos Pontiacs”, lo habían terminado por tumbar. Duerme placentero mientras yo sigo prendido a la fiesta. Hasta que….
Cerca de 20 policías ingresan al lugar. Alguna gente corre, otra queda estupefacta y otros siguen bailando. La fuerza represiva comienza a detener a bailarines, borrachines, hinchas y comensales: una redada. Miro a Severino y lo despierto: “los pacos hueón, quédate tranquilo al lado mío que ya te echaron el ojo”. Nos levantamos, lo tomo del hombro y comenzamos a caminar en dirección a la puerta (la casa de mi amigo quedaba sólo a dos cuadras de aquel lugar); ya nos sentíamos libres a medio metro del umbral cuando saliendo de no sé dónde, una negra mano enguantada jala de la camisa a Severino: un policía “me lo sacó de las manos” y lo arrastró detenido.
Incrédulo ante las dos camionetas, los tres autos, el camión “celular”, las 6 motos y los vehículos civiles de apoyo que componían la comitiva represiva, miro la escena desde la vereda. Una noche de fiesta y alegría se iba yendo dentro del camión policial.
Las discusiones con aquellos sub humanos vestidos de verde fueron vanas; opté por la solución menos problemática: “¿Dónde lo llevan?”

1 hora después, estoy frente a la puerta de la casa de Severino. ¿Qué mierda decir? ¿Se acordarán de mí? ¿Toco el timbre? ¿Grito? Después de tocar el timbre, Inés, la madre de Severino observa dormida desde su ventana. Me decido: “hola, tía, esteeee…..hay un problemita”. No sé cómo habrá hecho, pero en menos de 5 segundos estaba en la puerta preguntándome por la suerte de su hijo. Me invitó a pasar, me sentó en la cocina, me sirvió una taza de café y me hizo un sánguche de queso con jamón, “qué buena onda la señora” pensaba. Bajó el padre de Severino, de nombre Antonio, como yo, vistiéndose apurado.
Cerré y abrí los ojos cuando caí en cuenta que estábamos arriba de un auto, el padre manejaba en dirección a la comisaría donde estaba Severino. Un calor terrible se sentía al interior del coche. Por suerte, Antonio, abrió las ventanas para que entrara un poco de brisa. Llegamos, los padres pagaron la fianza y me dijeron: “bueno, en cuatro horas más lo liberan, ¿no quieres dormir en nuestra casa así lo esperas y descansas?”. “Qué buena onda”, seguía pensando.
No sé cómo llegamos, pero de pronto eran las 10 de la mañana y yo dormía en la cama de Severino. Me levanto, voy a la cocina y ahí lo veo a mi amigo. Me contó de sus peripecias en el calabozo y, para mi sorpresa, no dejó de reírse de todo lo que sus padres le dijeron habían hecho durante la noche para ayudarme a despabilar de mi borrachera: problemitas, sánguche, café, ventana y cama.
No sé cómo llegamos, pero de pronto eran las 10 de la mañana y yo dormía en la cama de Severino. Me levanto, voy a la cocina y ahí lo veo a mi amigo. Me contó de sus peripecias en el calabozo y, para mi sorpresa, no dejó de reírse de todo lo que sus padres le dijeron habían hecho durante la noche para ayudarme a despabilar de mi borrachera: problemitas, sánguche, café, ventana y cama.
“Qué suerte que no me agarraron a mí”, pensaba mientras iba en la micro camino a mi casa.