Hace tiempo que no estaba en esta fecha en la ciudad. 7 años para ser exactos.
Dos cosas relevantes pasaron entre medio: se murió el perro y dejó de ser día feriado. Aclaro de inmediato que ambos eventos no son vinculantes; siendo el segundo de ellos un gesto en favor de la “reconciliación nacional”.
Fue raro caminar al mediodía de ayer en dirección al trabajo justamente por la calle que lleva por nombre la conmemoración de aquel nefasto día pensando en las miles de acciones ciudadanas que podríamos hacer para intervenir las aproximadamente 15 cuadras de extensión que posee aquella arteria.
Uno se acuerda de las chiquillas feministas que venían llegando del exilio en los ochenta, y que a pesar del toque de queda, los seguimientos, y tantas otras cuestiones más, se encaramaban en todos, y cada uno de los carteles que demarcaban el nombre de esa calle para pintarlos o pegarles el nombre del Presidente asesinado el día que anunciaban los letreros. De vez en cuando las agarraban los policías y las pateaban hasta no más poder. Pero ellas iban, una y otra vez. Sin miedo.
Pienso también en el espíritu ciudadano que rodeó el debate a partir de la prohibición de la “Pastilla del día después” hace poco tiempo en el país. Lo más paradojal es que la reforma que autorizaba su entrega gratuita en los servicios de salud públicos (lo cual nos hacía de un día para otro el país “más avanzado en temas de derechos ciudadanos” de la región) provino del poder ejecutivo y la objeción a esa medida provino de otro organismo del Estado fortalecido hace un par de años atrás por la misma coalición gobernante. Cosas del mundo.
Luego de la prohibición, las muchachas y los muchachos se juntaron para marchar como hace mucho tiempo no se veía por estos lados. Todos contra aquella ignominia que desconocía nuestros derechos reproductivos en cuanto personas. Eso ocurrió hace cuatro meses más o menos.
Bonito.
Pero al final uno cree que todos estos gestos son como cuando los arrepentidos van a la iglesia, se golpean el pecho, rezan dos aves marías y se van a su casa a dormir tranquilos confiados en ser redimidos por el santísimo.
¿Por qué?
Y de repente se me cruzan nuevamente las chiquillas de los ochenta, que hoy son nuestras madres, y nosotros, los obsecuentes, que dejamos de lado la desobediencia y la insolencia a cambio de la legalidad que ya sacó de la palestra el tema “de la pastilla” y permite que todo siga “como si nada”. Y los hombres y mujeres con acceso a determinados insumos, ¿por qué no venden igual el fármaco? ¿Por qué no hacemos farmacias clandestinas y nosotros mismos las atendemos y las cuidamos? A mi me contaron que a la marcha fueron cerca de 25.000 personas. Bastantes como para sumarse a la iniciativa. ¿A qué le tenemos miedo?
(Ojalá que estas farmacias existan y yo no me haya ni enterado)
La inflexión en el proceso de maduración del país ocurrió ya hace 35 años. Íbamos para un lado que, más allá de utopías o descreimiento frente a éstas, sin lugar a dudas sería muy distinto al que actualmente vivimos y tenemos. No quiero pensar y descansar en que “eso fue hace mucho tiempo y las cosas son como las que tenemos y así hay que aceptarlas”…¡¡Ni Cagando!! Tampoco propondré designarme como un superhéroe capaz de cambiar lo que no nos gusta. Nada más, hoy día tuve ganas de contar que la historia fue alterada y cambiada por una banda de inhumanos y su jefe: un perro asesino y destetado.
Lo que hoy vemos no debería estar sucediendo, sin embargo quedarnos en las lágrimas o en el olvido es el peor remedio. Si la cosa se intervino alguna vez, puede hacerse de nuevo. Y para mí, eso es la memoria. No el miedo a la legalidad.
Abrazos para las chiquillas de los ochenta.
Para que no se nos olvide, digo yo.
Pd. Pido infinitas disculpas a los amigos y amigas de los animales por el mal uso dado a la palabra “perro”.
Dos cosas relevantes pasaron entre medio: se murió el perro y dejó de ser día feriado. Aclaro de inmediato que ambos eventos no son vinculantes; siendo el segundo de ellos un gesto en favor de la “reconciliación nacional”.
Fue raro caminar al mediodía de ayer en dirección al trabajo justamente por la calle que lleva por nombre la conmemoración de aquel nefasto día pensando en las miles de acciones ciudadanas que podríamos hacer para intervenir las aproximadamente 15 cuadras de extensión que posee aquella arteria.

Uno se acuerda de las chiquillas feministas que venían llegando del exilio en los ochenta, y que a pesar del toque de queda, los seguimientos, y tantas otras cuestiones más, se encaramaban en todos, y cada uno de los carteles que demarcaban el nombre de esa calle para pintarlos o pegarles el nombre del Presidente asesinado el día que anunciaban los letreros. De vez en cuando las agarraban los policías y las pateaban hasta no más poder. Pero ellas iban, una y otra vez. Sin miedo.
Pienso también en el espíritu ciudadano que rodeó el debate a partir de la prohibición de la “Pastilla del día después” hace poco tiempo en el país. Lo más paradojal es que la reforma que autorizaba su entrega gratuita en los servicios de salud públicos (lo cual nos hacía de un día para otro el país “más avanzado en temas de derechos ciudadanos” de la región) provino del poder ejecutivo y la objeción a esa medida provino de otro organismo del Estado fortalecido hace un par de años atrás por la misma coalición gobernante. Cosas del mundo.
Luego de la prohibición, las muchachas y los muchachos se juntaron para marchar como hace mucho tiempo no se veía por estos lados. Todos contra aquella ignominia que desconocía nuestros derechos reproductivos en cuanto personas. Eso ocurrió hace cuatro meses más o menos.
Bonito.
Pero al final uno cree que todos estos gestos son como cuando los arrepentidos van a la iglesia, se golpean el pecho, rezan dos aves marías y se van a su casa a dormir tranquilos confiados en ser redimidos por el santísimo.
¿Por qué?
Y de repente se me cruzan nuevamente las chiquillas de los ochenta, que hoy son nuestras madres, y nosotros, los obsecuentes, que dejamos de lado la desobediencia y la insolencia a cambio de la legalidad que ya sacó de la palestra el tema “de la pastilla” y permite que todo siga “como si nada”. Y los hombres y mujeres con acceso a determinados insumos, ¿por qué no venden igual el fármaco? ¿Por qué no hacemos farmacias clandestinas y nosotros mismos las atendemos y las cuidamos? A mi me contaron que a la marcha fueron cerca de 25.000 personas. Bastantes como para sumarse a la iniciativa. ¿A qué le tenemos miedo?
(Ojalá que estas farmacias existan y yo no me haya ni enterado)
La inflexión en el proceso de maduración del país ocurrió ya hace 35 años. Íbamos para un lado que, más allá de utopías o descreimiento frente a éstas, sin lugar a dudas sería muy distinto al que actualmente vivimos y tenemos. No quiero pensar y descansar en que “eso fue hace mucho tiempo y las cosas son como las que tenemos y así hay que aceptarlas”…¡¡Ni Cagando!! Tampoco propondré designarme como un superhéroe capaz de cambiar lo que no nos gusta. Nada más, hoy día tuve ganas de contar que la historia fue alterada y cambiada por una banda de inhumanos y su jefe: un perro asesino y destetado.
Lo que hoy vemos no debería estar sucediendo, sin embargo quedarnos en las lágrimas o en el olvido es el peor remedio. Si la cosa se intervino alguna vez, puede hacerse de nuevo. Y para mí, eso es la memoria. No el miedo a la legalidad.
Abrazos para las chiquillas de los ochenta.
Para que no se nos olvide, digo yo.
Pd. Pido infinitas disculpas a los amigos y amigas de los animales por el mal uso dado a la palabra “perro”.